El canto de la sirena

Como cada noche desde que estoy en uno de los hoteles de Acapulco que cuenta con su propia playa privada, abrí la puerta corrediza que da al balcón y salí, me senté en una de las sillas que dejo ahí afuera, encendí un cigarro y lo disfruté mientras veía la postal que me regalaba el mar y la luna, adornados por la arena blanca que rodea la orilla y un manto estelar de fondo. Cada noche, un cigarro y el recuerdo de los amores perdidos. Una bocanada por cada persona que se alejó de mi vida como las volutas de humo que desaparecen conforme avanzan en su intento por alcanzar el cielo. ¿Por qué nos gusta recordar el sufrimiento pasado cuando ya estamos lo suficientemente adoloridos del corazón? Todos somos masoquistas. Incluso nos gusta imaginar un futuro en solitario, un futuro en el que el destino ha decidido que todo lo que toquemos, como un Rey Midas a la inversa, se destruya y no se convierta en oro. Pero esa noche fue diferente.

Había consumido la mitad de mi cigarro, tras una bocanada larga, di el golpe y cerré los ojos, recostando mi cabeza en el respaldo de la silla. Solté el humo que se había quedado en mis pulmones y fue entonces cuando escuché una voz, una voz que cantaba suave, era de una mujer. Me erguí rápidamente, volteando a la derecha y a la izquierda, nada. Me levanté y me dirigí hacia el barandal, asomé la cabeza y el torso pero no lograba divisar nada. Sólo podía escuchar aquella melodiosa voz. Seguro enamoraba a quien la escuchara, como si fuera la Medusa, pero las serpientes no las tenía en la cabeza, sino en la voz, y no tenías que verla, bastaba con escucharla. ¿Será una sirena? Pensé. Después me sentí un idiota, las sirenas no existen. No quise seguir buscando y me fui a dormir. El canto siguió hasta que caí rendido a los brazos de Morfeo. Fue la mejor canción de cuna que jamás había escuchado.

Tres noches seguidas volví a escuchar el que había llamado ‘el canto de la sirena’, pues quería creer que era un ser místico y no un espíritu del más allá que vive atormentando a los demás con su melodiosa voz. Odiaría que algo tan bello estuviera relacionado con lo paranormal. La cuarta noche que de forma consecutiva cantó aquella mujer, o lo que parecía ser producto de una dama, decidí bajar a la playa en busca de la sirena. Terminé mi cigarrillo nocturno y lo liquidé en el cenicero, me enfundé en mis chanclas de pata de gallo y salí de la habitación, crucé los pasillos del hotel y salí a la playa. Todo estaba en quietud, excepto por el canto de la sirena. Podía escucharlo cada vez más fuerte conforme me adentraba en la playa. Detenía el paso y cerraba los ojos para identificar el lugar exacto del sonido. Caminé y caminé hasta que pude divisar a lo lejos, sentada sobre una roca, la silueta de una mujer y de su cuerpo brotaba esa melodiosa voz. No era una sirena, era alguien real. Di algunos pasos para acercarme y me detuve. Eres el Rey Midas, recuérdalo, pensé. No toques nada, sólo disfrútalo. ¿Y si es el amor de mi vida? Olvídalo.

Cada noche, después de mi cigarro, caminaba hasta aquella roca sólo para admirar desde lejos a aquella sirena que, al igual que yo, disfrutaba de ver la luna, solo que ella le dedicaba una canción tan hermosa como su voz, tan bella como la luna estrellada. Y yo, solo la admiraba para no volver a destruir todo lo que tocaba.